Cuando el deporte frustaba y educaba



El deporte frustraba —gran lección de vida para un niño—; hoy aspira a lo contrario. La frustración es una respuesta emocional que parte de la decepción y que experimentamos cuando nuestros objetivos no se cumplen, o también cuando enfrentamos obstáculos que nos impiden alcanzarlos.

Los niños de hoy serán los hombres de mañana. Dicho esto, que como frase queda bien, nos asalta la duda ante el planteamiento actual de las actividades deportivas extraescolares: ¿sirven de mucho o son solo una artimaña para agotar a los críos y que cuando lleguen a casa no den mucho la lata y se queden dormidos pronto?

El deporte es la actividad extraescolar que más se estila. Al parecer, según afirman los expertos de hoy, "el deporte extraescolar de hoy educa", no como en la década de los setenta u ochenta; eran otros tiempos. En estos tiempos que corren, podemos escuchar sin disimulo en campos de fútbol, instalaciones deportivas o patios de colegio frases como «¡Cuidado, no le entre con tanta fuerza que le vas a hacer daño!» o «¿Y cómo que te han dejado todo el partido en el banquillo?». Se va a enterar el entrenador…

La impresión que tenemos hoy en día con las actividades extraescolares es que, más que enseñar a ganar o perder, esforzarse o ser disciplinado, se enseña a participar y a no frustrar al niño, no sea que esa frustración le marque la vida para siempre, de manera que juegan o entrenan por igual negados o dotados para el deporte, los que hacen equipo y los que solo se dedican a dramatizar cuando las cosas no les salen bien o se comparan con sus compañeros en un carril de natación o en una pista de atletismo.


Cuando el deporte educaba y formaba

Lo mejor de todo era que en otros tiempos, alguien o alguna situación del deporte infantil te ponía entonces en su sitio antes de que lo hiciera la vida adulta, por muy frustrante que fuese —que lo era—, empezando por unas instalaciones deportivas cuyas duchas helaban el corazón y todo lo que se ponía por delante, campos de tierra que dejaban cicatrices para toda la vida, zapatillas de tela para correr en pistas, camisetas con costuras que parecían hechas exprofeso para crear rozaduras o chandales con los que entrabas de inmediato en calor y al poco rato quedabas empapado en tu propio sudor y, si era invierno, terminabas congelándote. En definitiva, equipaciones que de técnicas tenían muy poco y sí ponían a prueba nuestra resistencia dermatológica y física.

Hoy en día, tampoco se aceptaría lo que para muchos de nosotros era el momento estrella en el recreo o un encuentro con los amigos un sábado en el parque o la playa: el partido de fútbol, un hábito que hoy se vería como cruel; dos chavales escogían a los que querían en su equipo hasta relegar, cual despojos humanos, a los más paquetes, "bobos o gordos". Sí, hemos dicho bien, pero hoy día utilizar estas expresiones "in situ" sería motivo suficiente para recibir una denuncia y dar explicaciones ante un juez. Pero aunque parezca lo contrario (en un próximo post lo argumentaremos), estas y otras cosas similares resultaban muy formativas, para bajar los humos y espabilar a todo el personal —nadie quería calentar banquillo en la vida—.

La familia y su "modelo tradicional" en una sociedad compleja y cambiante

Que la sociedad está cambiando es una evidencia irrefutable; muchas son las circunstancias que, a lo largo de los tiempos, provocan dicha evolución: política, economía, normas del comportamiento, cambio en el sistema de valores y las transformaciones culturales que con el paso del tiempo las sociedades van sufriendo. Es a finales del siglo XX y principios del siglo XXI cuando la sociedad ha experimentado cambios sensibles en materia tecnológica y económica, pero también en el ámbito educativo y en las estructuras y valores de la familia y su núcleo. La familia y su "modelo tradicional" han comenzado a perder terreno en la influencia de ciertas realidades actuales, derivando en las familias “modernas”.

¿Cuántas veces hemos escuchado que —los niños de hoy lo tienen todo—? Y ello no tiene por qué ser perjudicial; al contrario. Pero lo que sí se manifiesta como preocupante es lo que se oculta tras exclamaciones como: los niños <<son los que mandan>>, <<no valoran lo que tienen>>, <<han perdido el espíritu del esfuerzo>>, <<no tienen normas>>, <<les falta iniciativa>>, etc....

Ciertamente, los más pequeños no lo tienen fácil hoy en día. En la actualidad disponen de tantos recursos y posibilidades que la mayoría no les sacan ningún provecho, mientras que otros las utilizan con tal despilfarro que no tienen tiempo de centrarse en nada más. La sana intención de hacerles la vida más sencilla deja en evidencia los efectos de esta sociedad “ultraconsumista”.


¿Estamos creando niños muy sobreprotegidos?

En nuestra opinión, sí. No somos conscientes de que con tanta sobreprotección, obstaculizamos el desarrollo personal de los niños, o lo que es lo mismo, levantamos involuntariamente barreras que limitarán su trayectoria adulta con el alarmante resultado final de crear niños y niñas que no desarrollarán plenamente su personalidad; en definitiva, menores muy vulnerables. Ejemplo de ello lo podemos ver en padres y madres que se quejan del reconocimiento que otorgan los docentes a los niños que trabajan, porque el hecho puede traumatizar a los demás; lo mismo pasa en el ámbito deportivo, por ejemplo, cuando un niño en su categoría se siente superior a los demás, por ejemplo, nadando o corriendo. Cuando cambia de categoría y ya no es el mejor de su grupo en esa disciplina, comunica a sus padres que ya no se siente a gusto practicando este deporte. Inmediatamente los padres reaccionan sobreprotegiéndolo para que no se frustre y lo cambian de actividad deportiva hasta que vuelve a darse la misma situación o peor; deja de hacer deporte para evitar frustraciones posteriores. Otros ejemplos a nivel escolar son cuando los padres intervienen en las riñas entre niños o adolescentes sin tener en cuenta que estos roces generalmente los resuelven mejor ellos mismos, pues el adulto en la mayoría de las ocasiones entorpece y provoca la disputa con otros iguales, lo que termina agravando el conflicto.

A los niños de hoy se les exigen pocas responsabilidades. El abuso del proteccionismo crea seres humanos indecisos, poco resolutivos, faltos de responsabilidad y con muchas posibilidades de fracasar en muchos aspectos de la vida cuando ya no tengan a sus padres detrás. El proceder sin esfuerzo, sin valores, conlleva incapacidad para afrontar simples problemas cotidianos. Incluso ante la frustración de lo que el niño no es capaz de hacer o conseguir, aparecen actitudes agresivas o de abandono, en vez de superación.

La tristeza es importante, la rabia es importante, la frustración es importante. Nos enseña cosas de nosotros, nos ayuda a desarrollar capacidades que nos permiten adaptarnos a la vida, porque tenemos que poder adaptarnos.

"Que los niños aprendan a tolerar la frustración supone entender que habrá cosas en la vida que no serán como ellos piensan, que no siempre podrán tener todo lo que desean y que no serán siempre los mejores en todo".





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